Los estadios funcionan con potentes focos. Durante décadas, esto significó el uso de lámparas de halogenuros metálicos o de sodio de alta presión: esas grandes luminarias que emiten un zumbido y que se ven en lo alto de los postes. Las lámparas de halogenuros metálicos producen una luz blanquecina que sirve para las retransmisiones televisivas, pero tardan diez minutos en calentarse y otros diez en volver a encenderse si se apagan. Las lámparas de sodio de alta presión tienen un brillo amarillo anaranjado, son más económicas pero su reproducción del color es deficiente. Ninguna de las dos se atenúa bien y ambas emiten rayos UV con el tiempo. Todavía se pueden encontrar en estadios antiguos y campos deportivos locales, pero ya nadie las instala en estadios nuevos.
Hoy en día, todo es LED. La iluminación moderna de los estadios utiliza paneles LED de alta potencia o proyectores modulares. Se encienden al instante, se regulan a cualquier nivel y se dirigen con precisión gracias a lentes individuales, evitando que la luz se disperse en las gradas o en los alrededores. La temperatura de color oscila entre 5000 K y 6500 K, lo que proporciona una imagen nítida para las retransmisiones en 4K y no afecta a la percepción de profundidad de los jugadores. Un buen sistema LED también reduce la factura de la luz en un 70 % y dura cinco veces más que las bombillas antiguas. Ya se ven en la NFL e incluso en los campos de fútbol americano de los viernes por la noche. En resumen: LED, sin duda.