En primer lugar, los focos LED emiten un haz amplio, lo que suele implicar un control deficiente del deslumbramiento. Ese amplio haz de luz se extiende hacia los lados y hacia arriba, molestando a los vecinos y arruinando la noche. Si el diseño de la lente es de baja calidad, se observarán sombras marcadas y puntos brillantes. Muchas unidades también utilizan LED de bajo índice de reproducción cromática (CRI), lo que provoca que los colores se vean apagados, especialmente los rojos y marrones. Además, a pesar de la publicidad que los promociona como de "bajo consumo", un foco LED integra múltiples diodos en una carcasa pequeña. El calor se acumula rápidamente. Si el disipador de calor de aluminio o el controlador son insuficientes, la luz se atenúa con el tiempo o falla en menos de un año. Las versiones regulables añaden otro problema: la mayoría de los reguladores de pared estándar emiten zumbidos o parpadean a menos que se adquiera un modelo específico con clasificación ELV o triac.
En segundo lugar, las limitaciones de instalación sorprenden a la gente. Un foco LED requiere una orientación precisa; si se apunta demasiado bajo, se pierde cobertura; si se apunta demasiado alto, se deslumbra a todos. A diferencia de un foco convencional, no se puede ajustar fácilmente el haz para eliminar un área problemática. El costo inicial también es considerable: un foco decente de 50 vatios con buena óptica cuesta entre 60 y 120 dólares, mientras que uno equivalente de halógeno cuesta 20 dólares. Adaptar soportes exteriores antiguos a veces falla porque el controlador LED es más voluminoso que un portalámparas tradicional. Además, en climas fríos, los controladores baratos tardan un segundo en encenderse, parpadeando antes de alcanzar su brillo máximo. En resumen: los focos LED destacan por su cobertura, pero a costa de la precisión, la calidad del color y la simplicidad.