El haz estrecho de un foco es su mayor debilidad. Ese cono estrecho —generalmente de 15 a 30 grados— deja todo lo que está fuera en la oscuridad. Si entras en un camino de entrada iluminado solo por un foco, pasarás de una luz blanca brillante a una sombra completamente negra. Es un efecto de visión de túnel. Ves el objetivo con claridad, pero pierdes la percepción periférica. Esto es un verdadero problema para la iluminación de seguridad o de obras, donde necesitas detectar movimiento a los lados. Además, ese haz concentrado crea bordes duros y de alto contraste. Un buzón puede estar iluminado intensamente mientras que el camino hacia él es invisible. Y si la luz incide sobre una superficie brillante —un coche mojado, una ventana— el resplandor de la luz reflejada puede cegarte más de lo que te ayuda.
En segundo lugar, los focos requieren una puntería precisa y a menudo proporcionan menos luz útil de lo que uno esperaría. Si se desvían unos pocos grados, el objetivo deseado queda medio iluminado o directamente no se alcanza. Reajustar la puntería requiere ensayo y error, especialmente desde una escalera. Muchos focos también presentan un alcance limitado si se tiene en cuenta el polvo o la humedad del entorno real. Un foco LED de 20 vatios puede anunciar un alcance de 200 metros, pero después de 50 metros el haz se dispersa y pierde intensidad. Además, debido a que la luz está tan concentrada, se acumula calor en la lente. Los focos baratos suelen sobrecalentar sus reflectores o amarillear el plástico con el tiempo. Por último, no son una buena opción para cubrir grandes áreas. Se necesitarían media docena de focos para reemplazar un solo foco en un patio trasero, lo que implica más luminarias, más cableado y soportes de montaje más antiestéticos.