Existe la creencia errónea de que los LED no se calientan. Si bien es cierto que el haz de luz en sí no emite calor como una bombilla halógena, los componentes internos de un LED —específicamente el diodo y el controlador— generan una cantidad considerable de calor en la placa de circuito. Si ese calor no tiene por dónde disiparse, se acumula rápidamente dentro de la carcasa, lo cual es perjudicial para la luminaria.
El calor excesivo es el principal enemigo de la vida útil de un LED. Cuando una luz se calienta demasiado, los chips semiconductores sufren lo que se conoce como depreciación lumínica, lo que significa que pierden brillo de forma permanente y acelerada, provocando que la luz se vea tenue y amarillenta mucho antes de lo previsto. En el peor de los casos, el estrés térmico extremo puede dañar gravemente los circuitos internos, lo que conlleva una falla total del controlador o una avería repentina. En definitiva, se pierde una luminaria que debería durar una década en cuestión de meses.
Por ello, un sistema de gestión térmica robusto es fundamental en cualquier proyector de alta calidad. Los fabricantes de gama alta no escatiman en este aspecto; construyen la carcasa exterior con aluminio fundido a presión resistente, diseñado con aletas de refrigeración profundas integradas. El aluminio es un excelente conductor del calor, y el diseño con aletas aumenta considerablemente la superficie expuesta al aire exterior. Esto permite que la luminaria actúe como un radiador gigante, extrayendo constantemente el calor dañino de los componentes electrónicos internos sensibles y disipándolo en el ambiente circundante, lo que garantiza que la luz se mantenga fría y dure años.